A quienes hoy nos cierran las puertas y también a quienes olvidaron su propio ayer: para ustedes escribo estas líneas, con la urgencia de quien ve cómo se desvanece la memoria de los pueblos.
Hoy el mundo observa la migración venezolana a través de lentes de indiferencia, o peor aún, de rechazo y maltrato; una vía para profundizar su condena y su odio como anzuelo para ganar elecciones.
Poco importan esos problemas que deben resolverse, sino odiar y expulsar de sus respectivos países a los venezolanos, con el único fin de pescar seguidores y lograr victorias electorales.
Pero ignoran que detrás de cada caminante hay una historia de supervivencia, y detrás de cada frontera cruzada, un acto desesperado de fe.
Al país que fue el hogar de «TODOS», ahora le toca ver cómo sus hijos se han convertido en carne de cañón y cómo el desapreciarlos es ahora sinónimo de fama y reconocimiento.
Es doloroso ver cómo algunos de los países que, en otro tiempo, fueron naciones de las que salieron miles de personas huyendo de la guerra, el hambre y la tragedia, hoy nos señalan con tan profundo desprecio.
Vale recordarles que en aquel entonces, Venezuela no les pidió visas de imposibilidad, ni levantó muros y zanjas de prejuicio.
Venezuela abrió sus puertos y sus brazos, dándoles refugio seguro y oportunidades.
Adoptó como hijos propios a quienes llegaron con una maleta vacía y el alma rota.
Ofreció suelo para sembrar, aulas para estudiar y una mesa para compartir.
Esa misma Venezuela que hoy es vista con estigma, fue el auxilio donde generaciones enteras de extranjeros reconstruyeron sus sueños y criaron a sus familias en libertad.
Nadie abandona su hogar, sus afectos y su historia por capricho, y muchos países deberían saberlo muy bien.
El venezolano que hoy llega a tierras lejanas ha cruzado selvas implacables, desiertos mortales y ríos que se han tragado los sueños de muchos que quedaron en el camino. Muchos venezolanos tuvieron que enfrentar peligros que desafían la imaginación, solo por la posibilidad de comenzar de nuevo.
Es una injusticia histórica que el pago por esa valentía sea la xenofobia, el abuso laboral o el desprecio sistemático.
No se puede odiar a quien hoy padece lo que tú ayer superaste, especialmente cuando en tus peores momentos contaste con su generosidad.
»La gratitud es la memoria del corazón».
Los venezolanos no pedimos privilegios, pedimos el mismo trato humano que nuestros padres y abuelos ofrecieron a los vuestros.
Esta carta no es solo un reclamo, es sobre todo un recordatorio de nuestra humanidad compartida; el honor de una nación no se mide por su riqueza, sino por cómo trata al vulnerable.
Los venezolanos llevan consigo una herencia de trabajo y una gratitud eterna por su tierra, pero también la dignidad de un pueblo que sabe lo que es dar sin mirar a quién.
Honremos la historia. Recordemos el abrazo de ayer para sanar el maltrato de hoy, porque no se puede hablar de la migración venezolana silenciando esa herida abierta que la provoca.
La migración venezolana no es una simple exploración de horizontes; es una huida desesperada por una guerra interna que ya suma 27 años. La realidad en Venezuela es una tragedia cruel y sistemática que ocurre a plena luz del día, ante los ojos de un mundo que decidió representar el papel de Poncio Pilatos, lavándose las manos mientras un régimen despojaba y sigue despojando a una nación de su futuro: un sistema que convirtió la abundancia en hambre y la libertad en miedo y en un silencio que mata. Y mientras más de 8 millones de venezolanos han tenido que abandonar sus hogares y a los suyos, muchos gobiernos han preferido limpiar la cara de los opresores, pactando por intereses económicos, conveniencias políticas,
y repartiéndose las riquezas de una tierra que los acogió como su propio hogar.
Países que decidieron aplaudir a esos opresores, persiguiendo a sus oprimidos.
Mirar hacia otro lado ante un genocidio silencioso y el terror de Estado es ser parte activa de la tragedia.
Hoy atestiguamos con gran pesar en el alma la ironía histórica y dolorosa de esos países que hoy ven a los venezolanos con desdén y xenofobia (Chile, Colombia, Perú, España, Ecuador,Bolivia, y otros); son los mismos países que hallaron en Venezuela un puerto seguro donde echar raíces, cuando sus propios caminos atravesaban la miseria.
Aquella Venezuela que adoptó extranjeros como hijos propios, hoy ve a sus propios hijos morir en selvas, ahogarse en mares o ser humillados en plazas extranjeras.
Pero a pesar del destierro, el corazón del venezolano no se rinde. Tanto quienes están en el exilio con el alma rota, como los de corazón recto que resisten dentro del territorio, mantienen un latido constante de resistencia ante un milagro en espera.
No pedimos limosnas, exigimos justicia y coherencia.
Seguimos esperando el milagro, no de la suerte, sino de la dignidad recobrada. Venezuela volverá a ser el hogar de sus hijos, y la historia se encargará de recordar a quienes tendieron la mano y a quienes con su silencio permitieron que un pueblo entero fuera sacrificado.
A pesar de las balas que intentaron silenciarnos y de la xenofobia que pretende humillarnos, sobre el horizonte amarillo, azul y rojo se está escribiendo una historia que nadie podrá borrar. Está naciendo una Venezuela más consciente, templada en el fuego de la crisis y forjada en el acero de la resistencia. Es la unión de dos fuerzas imparables: la de aquellos que se formaron en el exilio adquiriendo saberes del mundo, y la de quienes se quedaron: los sobrevivientes de corazón recto, que con ideas nuevas y una voluntad inquebrantable, aprendieron a germinar en el desierto.
Esta Nueva Venezuela no solo viene a resarcirnos de esos 27 años de involución, también a trascenderlos; nace con la fuerza de quien ha conocido el abismo y ya no le teme a la oscuridad.
Nos levantaremos no solo para reconstruir nuestras casas, sino para convertirnos en el faro que alumbrará al mundo entero, demostrando que no hay tiranía, ni olvido, ni frontera que pueda doblegar el espíritu de un pueblo que decidió ser libre.
Vivian Coronado.



